9.12.06
23.10.06
1.10.06
Dia del Niño
En la Embajada de Israel en Praga también
celebraron el Día del Niño. Con banderas
azul celeste por todos lados, estrellas de
David azul celeste por todos lados:
en el jardín, bancos de madera, vasos
de plástico, coca cola para todos,
cercados por grises muros grises de cemento,
alambre de espino, a la sombra de los tilos
una tarde cualquiera. Era el Día Internacional
del Niño. Y lo celebraban en la Embajada
de Israel en Praga, bajo los tilos: cámaras
de seguridad eternizaban el instante resbaladizo,
la demostración de humanidad necesaria
ante los ojos vacíos de la Historia:
los niños lo pasaron bien para regocijo
de sus educadores, y al día siguiente
cuatro negros, diligentes, limpiaron el jardín
de las delicias provisionales: no quedó
ni rastro del festejo. Y yo, desde la terraza,
fumándome un cigarro más, no tuve más
remedio que recordar el Día de mi Primera
Comunión.
celebraron el Día del Niño. Con banderas
azul celeste por todos lados, estrellas de
David azul celeste por todos lados:
en el jardín, bancos de madera, vasos
de plástico, coca cola para todos,
cercados por grises muros grises de cemento,
alambre de espino, a la sombra de los tilos
una tarde cualquiera. Era el Día Internacional
del Niño. Y lo celebraban en la Embajada
de Israel en Praga, bajo los tilos: cámaras
de seguridad eternizaban el instante resbaladizo,
la demostración de humanidad necesaria
ante los ojos vacíos de la Historia:
los niños lo pasaron bien para regocijo
de sus educadores, y al día siguiente
cuatro negros, diligentes, limpiaron el jardín
de las delicias provisionales: no quedó
ni rastro del festejo. Y yo, desde la terraza,
fumándome un cigarro más, no tuve más
remedio que recordar el Día de mi Primera
Comunión.
7.9.06
AQUEL NUESTRO MUNDO
Caminábais hacia un azul preciso en el deseo.
Era una mañana de aquella vida levantándose
allá fuera de vuestro abrazo negándoos
a despertar nunca abrir la puerta al sol
adulador y engañoso y petulante.
Caminábais cuerpos hechos garra
sin escrúpulos apretando el paso bajo
y sobre una lluvia gastadamente sabida
desde siglos acuciando vuestro tiempo
sin pausa. Caminábais y era cierto
el paso dado la caricia la herida todo
era cierto: caminábamos y era una mañana
de esta vida no más allá de nosotros,
nada más allá que pasos en falso nada.
Caminaban, estarían pronto dejar atrás
manglares lentos de escondida maldad
dejarían abatidos los tallos pisados vertiendo
su veneno dañando en vano sólo ausencias
andar, no más no más descanso vendrá
ese azul deseado llegaremos, llegaréis
llegarán, estaremos allí seríamos uno
con el mismo deseo en el deseo mismo
ya sin sobresalto ante la puerta abriéndose:
de nuevo nuestro mundo, a ambos lados,
no es necesario salir entrar estamos
en el único mundo posible nuestro azul amado.
Olomouc. Hotelový Dům, 17 Enero 1991
Era una mañana de aquella vida levantándose
allá fuera de vuestro abrazo negándoos
a despertar nunca abrir la puerta al sol
adulador y engañoso y petulante.
Caminábais cuerpos hechos garra
sin escrúpulos apretando el paso bajo
y sobre una lluvia gastadamente sabida
desde siglos acuciando vuestro tiempo
sin pausa. Caminábais y era cierto
el paso dado la caricia la herida todo
era cierto: caminábamos y era una mañana
de esta vida no más allá de nosotros,
nada más allá que pasos en falso nada.
Caminaban, estarían pronto dejar atrás
manglares lentos de escondida maldad
dejarían abatidos los tallos pisados vertiendo
su veneno dañando en vano sólo ausencias
andar, no más no más descanso vendrá
ese azul deseado llegaremos, llegaréis
llegarán, estaremos allí seríamos uno
con el mismo deseo en el deseo mismo
ya sin sobresalto ante la puerta abriéndose:
de nuevo nuestro mundo, a ambos lados,
no es necesario salir entrar estamos
en el único mundo posible nuestro azul amado.
Olomouc. Hotelový Dům, 17 Enero 1991
8.8.06
9.6.06
MAQUINACIÓN

Torso ancho - Claudia Soto, 2006, cerámica.
Almagua: maquinemos juntos
alguna falta de respeto.
Es más: perdamos el propio.
Puestos a perder pie
o a perder tiempo o a perder,
mejor es hacerlo dentro
que exponerse al polvo ajeno
de este mundo sin caminos.
Almujer: no hay salvación.
A lo mejor tan sólo un nunca
definitivo como el desperdón,
desesperado en busca del verbo
amar a destiempo y a destajo.
Rompo este verso y me voy
a ver pasar el silencio:
El lento arrastrar los pies
de la belleza.
Pragajoz - 2000
6.6.06
EMERSIÓN

MujerMar - Claudia Soto, cerámica, 2006.
Desde la sombra tu vientre me habita
cuando conjugamos nuestros cuerpos
hechos carne o fruta palpitante:
sabemos que morir no es un mordisco
dado al aire libre o al vacío.
Morir es sólido. Morir es algo que
apretamos con los dientes del miedo
hasta no poder más. Entonces
tragamos ese trozo de angustia.
Y nos besamos para enjuagar
nuestras bocas más y más cansadas.
1990
25.5.06
MÚSICA

Andrés López ( Tinta china. Praga 2003)
Quiero música quiero certeza quiero
dejar de hablar en definitiva.
El mundo me apremia me llena
el corazón de tierra repetida.
Febreros:
Un goteo constante
de empeños en retirada.
Aparece tu furor
rodeándome;
desisto,
abarco quisiera figurar tu cuerpo
oscurecido tu cuerpo abarco
amada rota caderas quisiera
dejar de hablar
en esta lengua definida.
11.5.06
LA PALABRA HABLA
“En
la palabra
ven.”
Enzárzate. En mi intramuro te espero,
para emprender juntos el camino largo
que nos desentrañe: Para ti me abro.
Y hacia ti estoy centrando mi centro.
Más adentro. Ven y date. Toda hueco
soy para que te engarces, porque quiero
ser alhaja donde brille al desnudo
tu consorte aliento de sustancia.
Por todas mis heridas te comulgo.
Mojo tus hostias en mi sangre blanca.
Transfiéreme los fondos sonantes
de tu cuenta corriente submarina.
Voy cumpliéndome hasta estar encinta,
en médula, que es mi eje de labio a rabo:
Ya embebida de sentido navego el lago
y nos digo y nos hago nombre de pila.
Proferidos y ayuntados, con un común
denominador, por debajo y por encima:
Vamos bautizando las cosas: Isla o luz,
olivo y fuente, mano pero sangre,
nutria de hermosura lubricada
como agua en el agua, como tarde
anaranjándose en su alma o jugo,
como piedra que se escapa de la piedra:
Mundo, tu Dios, su reflejo, el nombre
que cuando da en el clavo me despierta...
29.4.06
HAY MUERTE DESPUÉS DE LA VIDA
¿A dónde va el amor de la niña
que abrazada fugaz a su príncipe
se sueña
mientras en el Centro Regional
de Salud la abuela va muriendo
un largo día de primavera?
¿Dónde se quedaron los deseos
inválidos, nulos y barridos
hacia rincones deshabitados
de nuestra, fosa común, memoria?
La abuela en la penumbra
y la niña en su sueño:
¿Piensan la otra en la una?
¿Se encuentran en la añoranza?
¿A dónde va el sueño moribundo
de la abuela mientras la niña
sueña su abrazo amoroso inválido?
¿Hay muerte después de la vida?
que abrazada fugaz a su príncipe
se sueña
mientras en el Centro Regional
de Salud la abuela va muriendo
un largo día de primavera?
¿Dónde se quedaron los deseos
inválidos, nulos y barridos
hacia rincones deshabitados
de nuestra, fosa común, memoria?
La abuela en la penumbra
y la niña en su sueño:
¿Piensan la otra en la una?
¿Se encuentran en la añoranza?
¿A dónde va el sueño moribundo
de la abuela mientras la niña
sueña su abrazo amoroso inválido?
¿Hay muerte después de la vida?
7.4.06
EN LA LAGUNA
(Divoka Sarka)
En la laguna un sifón de labios
redondos, perfectos, traga agua
lentamente hacia un fondo frío:
silencio de pozo en la garganta.
Levanto tu cuerpo como jarra
y ya deshecha te bebo en rocío:
La lengua quema. Ya soy herido.
Soy carne derecha y hecha, palma
de todas las manos, rostro alzado
suplicando más suplicio: boca
que cumple su fin tan perseguido.
Damos alcance al ruido del tiempo
que nos toca: sólo a luz aspiro,
destiladas auroras, alientos
desde tu entraña honda vertidos.
Estas abierta e imperativa.
Se me hace que cantas, recitas,
rezumas dulce sudor de ánfora.
La laguna imagina o presiente
mares donde estuvo un día, cuerpos
que extendieron alma a su paso:
ruinas de hundidos reflejos.
Alrededor de la casa sin cristales
en las ventanas, se agrupa la multitud
que espera rumorosa este instante:
lo oscuro se apelmaza, empuja, pugna
por salir, se siente, lo consiento: sale,
se vacía enfilando laguna adentro:
suena el gozo en tu garganta, brillan
diamantes recientes, germinados:
Estás de mi médula embebida.
En la laguna un sifón de labios
redondos, perfectos, traga agua
lentamente hacia un fondo frío:
silencio de pozo en la garganta.
Levanto tu cuerpo como jarra
y ya deshecha te bebo en rocío:
La lengua quema. Ya soy herido.
Soy carne derecha y hecha, palma
de todas las manos, rostro alzado
suplicando más suplicio: boca
que cumple su fin tan perseguido.
Damos alcance al ruido del tiempo
que nos toca: sólo a luz aspiro,
destiladas auroras, alientos
desde tu entraña honda vertidos.
Estas abierta e imperativa.
Se me hace que cantas, recitas,
rezumas dulce sudor de ánfora.
La laguna imagina o presiente
mares donde estuvo un día, cuerpos
que extendieron alma a su paso:
ruinas de hundidos reflejos.
Alrededor de la casa sin cristales
en las ventanas, se agrupa la multitud
que espera rumorosa este instante:
lo oscuro se apelmaza, empuja, pugna
por salir, se siente, lo consiento: sale,
se vacía enfilando laguna adentro:
suena el gozo en tu garganta, brillan
diamantes recientes, germinados:
Estás de mi médula embebida.
23.3.06
ANTONIO Y KATERINA
El camionero Antonio, calvo, cuarentón,
bajito y regordete, español con dos hijos
únicos, lactantes antaño de una esposa
hacendosa continuamente en camino
de perfección, después de veinte años
de crónico amor conyugal,
ha decidido casarse de nuevo,
en un juzgado de Praga por lo civil.
Antonio, macho castellano,
encontró a Katerina, la checa,
la de vagina prieta y honda, en un bar
de carretera en la frontera de un país
con otro: La frontera rota del desaliento.
Con su asombro todavía erecto Antonio
lloró aquella noche primera, sin saber
que repetía un rito que muchos poetas
consideran exclusivo de almas sublimes:
Derramó su antiguo semen pactado
dentro de un cuerpo nuevo y en penumbra.
Y después se sintió triste, cansado y triste;
vaciado de todas sus largas soledades
recorridas en itinerarios de ida y vuelta.
Katerina sintió, también sin saberlo,
que debía matar el hambre ahora o nunca:
El hambre de tantos abortos y tanta
nieve intragable, tanta falta de fruta fresca
en una dieta oscura de mudas patatas grises.
Y así, como vienen haciendo todas las bestias
del mundo, desde que el hombre es hombre,
Katerina acogió en su lecho aquel grumo
de vida venido para hacerse cierto. Antonio
de Castilla, camionero estacionado de la triste
figura, a quien espera una esposa rebosando
pasado y ternura, gordura y abrazos de cine
en una casa con hijos que respiran. Katerina
la checa, la de vagina prieta y honda, se casa
hoy en Praga, con pechos altos por lo civil
con toda una España en pleno de hombres calvos
que hacen cola, pene en mano, con un rictus
de felicidad contenida. La idiotez a caballo
vigila las calles del mundo, reparte certificados.
bajito y regordete, español con dos hijos
únicos, lactantes antaño de una esposa
hacendosa continuamente en camino
de perfección, después de veinte años
de crónico amor conyugal,
ha decidido casarse de nuevo,
en un juzgado de Praga por lo civil.
Antonio, macho castellano,
encontró a Katerina, la checa,
la de vagina prieta y honda, en un bar
de carretera en la frontera de un país
con otro: La frontera rota del desaliento.
Con su asombro todavía erecto Antonio
lloró aquella noche primera, sin saber
que repetía un rito que muchos poetas
consideran exclusivo de almas sublimes:
Derramó su antiguo semen pactado
dentro de un cuerpo nuevo y en penumbra.
Y después se sintió triste, cansado y triste;
vaciado de todas sus largas soledades
recorridas en itinerarios de ida y vuelta.
Katerina sintió, también sin saberlo,
que debía matar el hambre ahora o nunca:
El hambre de tantos abortos y tanta
nieve intragable, tanta falta de fruta fresca
en una dieta oscura de mudas patatas grises.
Y así, como vienen haciendo todas las bestias
del mundo, desde que el hombre es hombre,
Katerina acogió en su lecho aquel grumo
de vida venido para hacerse cierto. Antonio
de Castilla, camionero estacionado de la triste
figura, a quien espera una esposa rebosando
pasado y ternura, gordura y abrazos de cine
en una casa con hijos que respiran. Katerina
la checa, la de vagina prieta y honda, se casa
hoy en Praga, con pechos altos por lo civil
con toda una España en pleno de hombres calvos
que hacen cola, pene en mano, con un rictus
de felicidad contenida. La idiotez a caballo
vigila las calles del mundo, reparte certificados.
14.3.06
MUNDO
Quien te sueña te destruye.
Y lo peor de todo es expresarte
después del sueño.
Quien te ama te crea.
Lo más abrasador y doloroso
es darte a luz después
de hacerte el amor a fuerza
de destruirte amándote.
Lo más abrasador y doloroso
es darte a luz después
de hacerte el amor a fuerza
de destruirte amándote.
Mundo, mundo: Triunfo
de tu invierno sobre mi desnudez
aterradora.
16.12.05
*La destrucción o amor en las negras arenas
El toro: ¡Atroz sentencia!
Ayer el aire, el sol; hoy, el verdugo...
¿Qué peor que este martirio?
El buey: La impotencia.
El toro: ¿Y qué más negro que la muerte?
El buey: ¡El yugo!
(Rubén Darío. Gesta del coso)
El toro sueña: extensiones de hierba y azules
abiertos, aires rasgados donde habita el ojo
entreabierto en la serena escarcha que se funde
hacia un rocío perfumado de arenas frías.
El toro sueña un destino, reconoce músicas
redondas en la nefasta hora del sol nítido.
El hondo amor existe secreto en la embestida
libre en la amplitud sin memoria en el beso o trance
de la herida que el amor comunica. Existe.
El toro en su roja verdad de tierra respira
polvo de eras remotas. Busca el laberinto
sin entrada y sin centro donde mitigar su sed
de antiguas aguas que reflejaron lunas primeras.
La encina calla en su miedo centenario: clava
las raíces ciegas en su propia sombra muda.
La encina está en el sueño inmemorial del toro
como piedra en silencio que no espera una mano.
La bestia es también cuerpo suave, un cúmulo
abultando sangre cada vez más ofrecida:
se marca el odio en forma de músculo legítimo,
en forma de futura querencia, fiebre que brilla
en la mirada rota que implora ya una muerte.
El toro todavía sueña: poder helado
entre sus cuernos no implorantes, poder bruñido
en las hectáreas irreductibles de la soledad,
en la herencia redentora del bisonte hundido,
en la madre o cielo donde el llanto habita.
Y he aquí el hombre con su rostro presente:
la voluntad, que conoce el sabor de los labios
de la muerte, la que jamás tiembla y no germina
porque le basta haber nacido de una vez, por todas.
El hombre sabe de barcos que desean llegar
a un fondo de arenas finas, desean que el mar
inunde súbito sus entrañas con las aguas
del beso azulmente profundo, negro, pujante.
El hombre conoce de memoria cada nombre
del toro, todos sus altos silencios de bestia,
los bramidos desnudos que en el cielo se entierran
para surgir en sola flor de miedo y astillas.
El hombre ensaya su danza o vida sin regreso:
puños apretados son la mirada del toro
encarado a un sueño que hiere y huye, hiere
y esquiva la avalancha bruta de mil sangres
mutuas, sangres desdobladamente resentidas.
Así. No más que amor que se bate; desencuentro
en la figura del hombre que desea heridas.
Es más. El metal. El frío estoque: reverencia
del buitre inmenso en el tendido de sombra.
Toro y hombre cumplen, se acarician, cada uno
en su aire o compromiso de muerte burlada.
Los dioses legislan desnudos tras la barrera:
abren espacio al rito, saben que las arenas
entienden de sangre generosa, revelada
sangre que fuera del ruedo pierde su sentido:
En la otra vida, allá en las calles asfaltadas,
donde nuestra mentira redacta sus memorias,
donde gobierna un orden de atascadas arterias,
donde el crimen es siempre perfecto, siempre daga
rigurosamente cierta, limpia y registrada,
allí no existe sacrificio, ofrenda, magia,
ni inmolación a plena luz de las sombras bravas.
El toro nunca estuvo en la ciudad del gusano.
No conoce los civilizados mataderos
donde el asta es de bandera y la espada gira
sin piedad segando espigas como manos, manos
como gritos a cinco voces, gritos de dique:
odres ocultos donde se pudren las miradas.
Toro y hombre. Testuz mirante: amor abierto.
Atavismo de la muerte innata que ya besa,
ya se hinca, ya traza su círculo menguante.
Toda la dureza se aprieta en las yugulares
remedando cachorros de dragones, delfines
tibios que se hacen impaciencia en las pezuñas.
Pues no hay en esta región esperanza alguna
de eternidad, arremete el instante detenido,
en seco, como planeta mirándose el hombro.
El hombre presiente un pecho abierto en el suyo:
se tienta y entiende sus luces, se da la vuelta
mostrándole la espalda al mundo amenazante.
Siente en la nuca un aliento vertical. Pureza:
sueño de aguas vertidas en un sueño de aguas
vertidas y esperando una llamada. Desborde
que de raíz remueve columnas, centros, vidas.
El hombre es en este lance más desafío,
más ofrecido a lo que descolla, llega, entra,
se declara, se define, funda ritmo, arde
para ser carne nunca arrepentida, para ser
finito pero sagrado, quimera del amor
que como bicho reta, mata, deviene y sufre.
En la ciudad, de tanto no saber, entrecierran
las palabras, escupen con la mayor dignidad
y ausencia, respiran metros cúbicos, padecen
de oscuras migrañas sin aurora y sin consuelo.
La humanidad descansa, no sueña, crucifica
para tener algo que colgar sobre la cama.
Queman con cigarrillos las plantas de los pies
de niños arrojados por las ventanas, niños
que caen del quinto piso del vientre de sus madres
y revientan sobre el asfalto blanco de calles
trazadas por los urbanistas predicadores
de una nueva vida sin el hombre, sin el toro,
sin excesivos gestos gratuitos, sin arenas
más allá de las felices playas donde el beso
se ofrece con pensión completa, aliento fresco,
puñalada trapera que no interrumpe el amor
de vacaciones, la seca muerte siempre enferma.
El toro sueña. La humanidad descansa, tiende
sus cuerpos insulsos al sol inerte de la ciencia.
Praga, 2003
* Verso de Vicente Aleixandre en Misterio de la muerte del toro (Diálogos del conocimiento)
Ayer el aire, el sol; hoy, el verdugo...
¿Qué peor que este martirio?
El buey: La impotencia.
El toro: ¿Y qué más negro que la muerte?
El buey: ¡El yugo!
(Rubén Darío. Gesta del coso)
El toro sueña: extensiones de hierba y azules
abiertos, aires rasgados donde habita el ojo
entreabierto en la serena escarcha que se funde
hacia un rocío perfumado de arenas frías.
El toro sueña un destino, reconoce músicas
redondas en la nefasta hora del sol nítido.
El hondo amor existe secreto en la embestida
libre en la amplitud sin memoria en el beso o trance
de la herida que el amor comunica. Existe.
El toro en su roja verdad de tierra respira
polvo de eras remotas. Busca el laberinto
sin entrada y sin centro donde mitigar su sed
de antiguas aguas que reflejaron lunas primeras.
La encina calla en su miedo centenario: clava
las raíces ciegas en su propia sombra muda.
La encina está en el sueño inmemorial del toro
como piedra en silencio que no espera una mano.
La bestia es también cuerpo suave, un cúmulo
abultando sangre cada vez más ofrecida:
se marca el odio en forma de músculo legítimo,
en forma de futura querencia, fiebre que brilla
en la mirada rota que implora ya una muerte.
El toro todavía sueña: poder helado
entre sus cuernos no implorantes, poder bruñido
en las hectáreas irreductibles de la soledad,
en la herencia redentora del bisonte hundido,
en la madre o cielo donde el llanto habita.
Y he aquí el hombre con su rostro presente:
la voluntad, que conoce el sabor de los labios
de la muerte, la que jamás tiembla y no germina
porque le basta haber nacido de una vez, por todas.
El hombre sabe de barcos que desean llegar
a un fondo de arenas finas, desean que el mar
inunde súbito sus entrañas con las aguas
del beso azulmente profundo, negro, pujante.
El hombre conoce de memoria cada nombre
del toro, todos sus altos silencios de bestia,
los bramidos desnudos que en el cielo se entierran
para surgir en sola flor de miedo y astillas.
El hombre ensaya su danza o vida sin regreso:
puños apretados son la mirada del toro
encarado a un sueño que hiere y huye, hiere
y esquiva la avalancha bruta de mil sangres
mutuas, sangres desdobladamente resentidas.
Así. No más que amor que se bate; desencuentro
en la figura del hombre que desea heridas.
Es más. El metal. El frío estoque: reverencia
del buitre inmenso en el tendido de sombra.
Toro y hombre cumplen, se acarician, cada uno
en su aire o compromiso de muerte burlada.
Los dioses legislan desnudos tras la barrera:
abren espacio al rito, saben que las arenas
entienden de sangre generosa, revelada
sangre que fuera del ruedo pierde su sentido:
En la otra vida, allá en las calles asfaltadas,
donde nuestra mentira redacta sus memorias,
donde gobierna un orden de atascadas arterias,
donde el crimen es siempre perfecto, siempre daga
rigurosamente cierta, limpia y registrada,
allí no existe sacrificio, ofrenda, magia,
ni inmolación a plena luz de las sombras bravas.
El toro nunca estuvo en la ciudad del gusano.
No conoce los civilizados mataderos
donde el asta es de bandera y la espada gira
sin piedad segando espigas como manos, manos
como gritos a cinco voces, gritos de dique:
odres ocultos donde se pudren las miradas.
Toro y hombre. Testuz mirante: amor abierto.
Atavismo de la muerte innata que ya besa,
ya se hinca, ya traza su círculo menguante.
Toda la dureza se aprieta en las yugulares
remedando cachorros de dragones, delfines
tibios que se hacen impaciencia en las pezuñas.
Pues no hay en esta región esperanza alguna
de eternidad, arremete el instante detenido,
en seco, como planeta mirándose el hombro.
El hombre presiente un pecho abierto en el suyo:
se tienta y entiende sus luces, se da la vuelta
mostrándole la espalda al mundo amenazante.
Siente en la nuca un aliento vertical. Pureza:
sueño de aguas vertidas en un sueño de aguas
vertidas y esperando una llamada. Desborde
que de raíz remueve columnas, centros, vidas.
El hombre es en este lance más desafío,
más ofrecido a lo que descolla, llega, entra,
se declara, se define, funda ritmo, arde
para ser carne nunca arrepentida, para ser
finito pero sagrado, quimera del amor
que como bicho reta, mata, deviene y sufre.
En la ciudad, de tanto no saber, entrecierran
las palabras, escupen con la mayor dignidad
y ausencia, respiran metros cúbicos, padecen
de oscuras migrañas sin aurora y sin consuelo.
La humanidad descansa, no sueña, crucifica
para tener algo que colgar sobre la cama.
Queman con cigarrillos las plantas de los pies
de niños arrojados por las ventanas, niños
que caen del quinto piso del vientre de sus madres
y revientan sobre el asfalto blanco de calles
trazadas por los urbanistas predicadores
de una nueva vida sin el hombre, sin el toro,
sin excesivos gestos gratuitos, sin arenas
más allá de las felices playas donde el beso
se ofrece con pensión completa, aliento fresco,
puñalada trapera que no interrumpe el amor
de vacaciones, la seca muerte siempre enferma.
El toro sueña. La humanidad descansa, tiende
sus cuerpos insulsos al sol inerte de la ciencia.
Praga, 2003
* Verso de Vicente Aleixandre en Misterio de la muerte del toro (Diálogos del conocimiento)
12.12.05
NUNCA ES TARDE
“Nunca es tarde para la justicia
como tampoco hay horas
para el asesinato.”
A mi edad, a esta hora, después de escribir
durante tantos años, es duro darse cuenta
de que urge el borrón, la cuenta nueva.
Urge hacer recuento de los futuros daños
por sufrir, que ya van quedando menos, o son
más previsibles y llevaderos que los pasados.
Sé que aún vendrán un par de desengaños,
para bien curtir los cueros en los que estoy
comprometido: Esta piel o arrabal de paso
donde nada queda después de la caricia
y sólo de la fusta permanecen los estragos.
Nunca es tarde para la justicia, creen
la víctimas del asesinato: Y crecen
mientras tanto las ruinas, el pánico,
el interminable catastro de la muerte.
Pero sigue sin ser tarde: Vendrá el ecuánime
juez insomne y magnánimo a repartir
a cada cual y a cada quien su porvenir
soñado, su merecido castigo intransferible.
Yo no viviré a ninguna edad para contarlo.
No tendré de poeta ni pies ni cabeza.
Seré ya calcáreo sedimento, estrato,
barredura, mantillo de un pinar cualquiera.
Después de escribir durante tantos años,
ya que al menos la voluntad me queda
y la sangre me bulle y la belleza no espera
voy a echar el borrón que colme mi vaso
que ensucie mi blanca camisa vieja con todas
las caras del dado al sol, con todos sus puntos
y aparte en mi herida inmensa.
como tampoco hay horas
para el asesinato.”
A mi edad, a esta hora, después de escribir
durante tantos años, es duro darse cuenta
de que urge el borrón, la cuenta nueva.
Urge hacer recuento de los futuros daños
por sufrir, que ya van quedando menos, o son
más previsibles y llevaderos que los pasados.
Sé que aún vendrán un par de desengaños,
para bien curtir los cueros en los que estoy
comprometido: Esta piel o arrabal de paso
donde nada queda después de la caricia
y sólo de la fusta permanecen los estragos.
Nunca es tarde para la justicia, creen
la víctimas del asesinato: Y crecen
mientras tanto las ruinas, el pánico,
el interminable catastro de la muerte.
Pero sigue sin ser tarde: Vendrá el ecuánime
juez insomne y magnánimo a repartir
a cada cual y a cada quien su porvenir
soñado, su merecido castigo intransferible.
Yo no viviré a ninguna edad para contarlo.
No tendré de poeta ni pies ni cabeza.
Seré ya calcáreo sedimento, estrato,
barredura, mantillo de un pinar cualquiera.
Después de escribir durante tantos años,
ya que al menos la voluntad me queda
y la sangre me bulle y la belleza no espera
voy a echar el borrón que colme mi vaso
que ensucie mi blanca camisa vieja con todas
las caras del dado al sol, con todos sus puntos
y aparte en mi herida inmensa.
9.12.05
ETERNIDADES
(La abuela Margarita)
No importa haber vivido sino quedarse,
haber dado la talla, haber estado
a la altura de lo circundante.
La vida. Tantos caminos,
tanto equipaje de dolor o rabia:
Mordazas, agravios, guerras
pactadas siempre por los mismos
con las mismas frases hechas
de metralla sin nombre ni apellidos.
Haber vivido nada sería
si el alma aquí no se quedara, reposada,
fecundando futuros: En este suelo,
en esta tierra donde brotan cardos
y fuentes, donde heridos habitamos,
donde la sombra es parte del juego
y el fuego arde y hay zozobra.
Porque el otro mundo, el de más allá,
como su propio nombre indica
no es el nuestro. Ni nunca lo será.
Nuestro hogar, la mesa puesta y el pan
compartido, la angustia terca
de los domingos, los amores ciegos
pero de ojos abiertos hacia el absoluto,
nuestros hijos preconcebidos, alumbrados,
desconocidos y oscuros, nuestras manos
poderosas, tristes y entrometidas.
Todo está en esta vida, y por eso
ha de hacerse tu voluntad, aquí en la tierra:
Porque es la nuestra. Y déjate de altos cielos.
Que las buenas almas por aquí se quedan
en nuestra única eternidad visible
e invisible, en nuestro reino de paz imperfecta,
continuando la estirpe a fuerza de sueños
a fuerza de lo que otros fueron
a fuerza de pervivir no sólo en el recuerdo
sino en la vida misma.
No importa haber vivido sino quedarse,
haber dado la talla, haber estado
a la altura de lo circundante.
La vida. Tantos caminos,
tanto equipaje de dolor o rabia:
Mordazas, agravios, guerras
pactadas siempre por los mismos
con las mismas frases hechas
de metralla sin nombre ni apellidos.
Haber vivido nada sería
si el alma aquí no se quedara, reposada,
fecundando futuros: En este suelo,
en esta tierra donde brotan cardos
y fuentes, donde heridos habitamos,
donde la sombra es parte del juego
y el fuego arde y hay zozobra.
Porque el otro mundo, el de más allá,
como su propio nombre indica
no es el nuestro. Ni nunca lo será.
Nuestro hogar, la mesa puesta y el pan
compartido, la angustia terca
de los domingos, los amores ciegos
pero de ojos abiertos hacia el absoluto,
nuestros hijos preconcebidos, alumbrados,
desconocidos y oscuros, nuestras manos
poderosas, tristes y entrometidas.
Todo está en esta vida, y por eso
ha de hacerse tu voluntad, aquí en la tierra:
Porque es la nuestra. Y déjate de altos cielos.
Que las buenas almas por aquí se quedan
en nuestra única eternidad visible
e invisible, en nuestro reino de paz imperfecta,
continuando la estirpe a fuerza de sueños
a fuerza de lo que otros fueron
a fuerza de pervivir no sólo en el recuerdo
sino en la vida misma.
7.12.05
EL TREN DE SIEMPRE
Hay tristes estaciones abandonadas
por las que pasan los trenes largamente,
sin detenerse: Entre las vías brillan aplastadas
monedas, perdidas por los niños, como ardientes
escamas de una serpiente mítica que regresara
hacia un mundo que sólo la infancia reconoce.
Yo de niño también jugué a esperarlos
y todavía lo sigo haciendo. Guardo
esos rostros de jefes de estado y sus escudos
reducidos a ovalados emblemas ilegibles
como amuletos de un mundo extinto,
como símbolos de un algo que siempre estuvo
muerto, a punto de vivir.
Sigo poniendo monedas en las vías del tren
como cuando era niño en aquella estación
abandonada en el calor antiguo de la tarde.
Ahora lo hago con el placer añadido
del desprecio. (Miradme, a lo que he llegado...)
De nada me sirvieron los viajes, los libros,
los versos. Ni siquiera el abismo es cierto.
Los trenes siguen pasando en su ceguera matando
niños muertos, menores en la edad de piedra
que ya nada significa porque nada dice:
Si pudiera... Si cesara esta prohibición,
este enigma de no saber para qué he lamido
coños sobresalientes en los parques de una noche,
con la lengua del frío, con monedas aplastadas
quemándome los muslos de los bolsillos.
Ahora, mientras vivo, parece ser, en un anden
que no cesa, tan sólo me queda esperar
a ese tren definitivo que machaque mi rostro
en cualquier esquina, que haga irreconocibles
las armas sin filo de esta muda dinastía
que culmino.
Praga - 2003
por las que pasan los trenes largamente,
sin detenerse: Entre las vías brillan aplastadas
monedas, perdidas por los niños, como ardientes
escamas de una serpiente mítica que regresara
hacia un mundo que sólo la infancia reconoce.
Yo de niño también jugué a esperarlos
y todavía lo sigo haciendo. Guardo
esos rostros de jefes de estado y sus escudos
reducidos a ovalados emblemas ilegibles
como amuletos de un mundo extinto,
como símbolos de un algo que siempre estuvo
muerto, a punto de vivir.
Sigo poniendo monedas en las vías del tren
como cuando era niño en aquella estación
abandonada en el calor antiguo de la tarde.
Ahora lo hago con el placer añadido
del desprecio. (Miradme, a lo que he llegado...)
De nada me sirvieron los viajes, los libros,
los versos. Ni siquiera el abismo es cierto.
Los trenes siguen pasando en su ceguera matando
niños muertos, menores en la edad de piedra
que ya nada significa porque nada dice:
Si pudiera... Si cesara esta prohibición,
este enigma de no saber para qué he lamido
coños sobresalientes en los parques de una noche,
con la lengua del frío, con monedas aplastadas
quemándome los muslos de los bolsillos.
Ahora, mientras vivo, parece ser, en un anden
que no cesa, tan sólo me queda esperar
a ese tren definitivo que machaque mi rostro
en cualquier esquina, que haga irreconocibles
las armas sin filo de esta muda dinastía
que culmino.
Praga - 2003
6.12.05
¿Quién soy yo maldita sea para hablar
de la miseria del olor de tu ropa mal lavada
de la dignidad de un hombre de tu orgullo
de tu piel reseca por el sol de amaneceres
en los parques de esta ciudad vendida tirado, tú,
como un perro, pero mucho más infeliz?
Eras, eres, lo que llamamos un amigo.
Te escuché muchas noches hablar
de Spinoza, de la biblioteca de tu padre
que ardió para aliviar el frío
asesino de aquel invierno en Sarajevo
durante la guerra. Compartimos tabaco
y nunca mujeres, compartimos sueños
de llevar al cine tus visiones desde la ventana
de una habitación en una ciudad sitiada.
¿Por qué siento ahora que te he traicionado?
Me preguntas cómo es posible que yo
en mi situación no sepa lo que está pasando:
tu mirada es la de un perseguido, me cuentas
que recorres sin rumbo el centro de la ciudad
un día tras otro convertido en objeto
de burla para crueles turistas idiotizados
(quizás tus ojos, esos rostros de Kafka
decorando camisetas, tus ojos rotos
pero extrañamente acusadores)
de la miseria del olor de tu ropa mal lavada
de la dignidad de un hombre de tu orgullo
de tu piel reseca por el sol de amaneceres
en los parques de esta ciudad vendida tirado, tú,
como un perro, pero mucho más infeliz?
Eras, eres, lo que llamamos un amigo.
Te escuché muchas noches hablar
de Spinoza, de la biblioteca de tu padre
que ardió para aliviar el frío
asesino de aquel invierno en Sarajevo
durante la guerra. Compartimos tabaco
y nunca mujeres, compartimos sueños
de llevar al cine tus visiones desde la ventana
de una habitación en una ciudad sitiada.
¿Por qué siento ahora que te he traicionado?
Me preguntas cómo es posible que yo
en mi situación no sepa lo que está pasando:
tu mirada es la de un perseguido, me cuentas
que recorres sin rumbo el centro de la ciudad
un día tras otro convertido en objeto
de burla para crueles turistas idiotizados
(quizás tus ojos, esos rostros de Kafka
decorando camisetas, tus ojos rotos
pero extrañamente acusadores)
3.12.05
Microsoft word abierto (I)
Poema parcialmente retirado de aquí.
Dejo el hueco para un posible reimplante...
Banderas que caen.
He perdido este juego de niños,
la vida. Ustedes roncan, ustedes
me producen náuseas y miedo.
Ustedes son los hombres
por los que pensábamos luchar.
Jamás me sentaré a su mesa.
Dejo el hueco para un posible reimplante...
Banderas que caen.
He perdido este juego de niños,
la vida. Ustedes roncan, ustedes
me producen náuseas y miedo.
Ustedes son los hombres
por los que pensábamos luchar.
Jamás me sentaré a su mesa.
1.12.05
MI BULTO
No he venido a este mundo para escurrir
el bulto. Mi paquete, con el que vivo,
tiene forma de corazón, en equilibrio:
Sobre la cuerda floja de la cordura,
las mandíbulas firmes y apretadas,
va mi bulto, solito y libre, en su clausura.
Si lo escurro me chorrean palabras
vacías, oscuras, con grumos de rabia:
Una papilla densa sin hermosura.
Por eso a pulso quiero darlo, con todo
su jugo, sus ataduras o balbuceos.
Quiero darlo desnudo, hasta el cogollo,
con su duda umbilical y su deseo
de durar al menos una fusa, o dos,
en el escalafón confuso de lo bello.
Mi paquete, el único que tengo,
tiene forma de corazón sin escamas,
corazón en pelota, corazón desertor
buscando un centro de luz anticipada.
Mi corazón, mi ovillo más amable,
quiere despechugarse en lo que digo
y cuando no lo consigue se da al alcohol
del silencio, se empaña empequeñecido,
esperando ese lento resurgir de la voz,
esa verdad que se amasa con lo vivido.
Por eso ya no me oculto. Me llamo
por mi nombre en la penumbra. Me toco
a plena luz los topes con las dos manos:
Me confirmo en lo plano y en lo hondo.
Mi bulto crece en vida cada vez más claro.
De "Poemas urgentes" - Praga, 2003
el bulto. Mi paquete, con el que vivo,
tiene forma de corazón, en equilibrio:
Sobre la cuerda floja de la cordura,
las mandíbulas firmes y apretadas,
va mi bulto, solito y libre, en su clausura.
Si lo escurro me chorrean palabras
vacías, oscuras, con grumos de rabia:
Una papilla densa sin hermosura.
Por eso a pulso quiero darlo, con todo
su jugo, sus ataduras o balbuceos.
Quiero darlo desnudo, hasta el cogollo,
con su duda umbilical y su deseo
de durar al menos una fusa, o dos,
en el escalafón confuso de lo bello.
Mi paquete, el único que tengo,
tiene forma de corazón sin escamas,
corazón en pelota, corazón desertor
buscando un centro de luz anticipada.
Mi corazón, mi ovillo más amable,
quiere despechugarse en lo que digo
y cuando no lo consigue se da al alcohol
del silencio, se empaña empequeñecido,
esperando ese lento resurgir de la voz,
esa verdad que se amasa con lo vivido.
Por eso ya no me oculto. Me llamo
por mi nombre en la penumbra. Me toco
a plena luz los topes con las dos manos:
Me confirmo en lo plano y en lo hondo.
Mi bulto crece en vida cada vez más claro.
De "Poemas urgentes" - Praga, 2003
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